Bienvenidas.

Espero os guste y pronto llenéis este espacio con vuestras creaciones. Petonets.

jueves, 2 de junio de 2011

Poesía - A mi madre, por Andrea

   Ahora eres viejita.
   Y ya no me dices nada. Sólo a veces,
   si resurge tu orgullo de princesa.
   Me miran tus ojos verdes, de gata
   sin tejado, desde una cara
   que no reconozco a veces,
   manchada  por el tiempo, escrutando
   atentos, lo que hago,
   lo que digo,
   con quién hablo, qué me pongo,
   a qué hora llego, si estoy
   triste o cansada, si salgo,
   si entro,
   si voy sola o con amigos,
   día a día.

   Ahora eres viejita.
   Y es cuando intentas cuidarme
   reparando lo que no supiste
   hacer.
   Me cubres  con la manta,
   torpe, inexperta
   en  detalles abnegados, interrumpes
   mi siesta.
   No te hago caso. Y me preguntas,
   una y otra vez,
  ¿Hoy es martes?
  ¿Me has comprado las pastillas?
  ¿Ya me has sacado dinero?
    Eso y tus múltiples dolores,
    muletillas que resbalan en mi sueño.
    día a día   
   

Ej.62: Sinonimia - Andrea

Empezó de una manera rara… una comezón suave y esporádica en la ingle. Durante aquella primera semana, iba varias veces al día al lavabo contiguo a mi despacho en el edificio de la facultad de letras para bajarme los pantalones, pero al examinarme, y por minuciosa que fuese la búsqueda, no veía nada fuera de lo corriente. Aunque sin entusiasmo, decidí hacer caso omiso del picor. Siempre he sido un hipocondríaco tan impenitente, he estado tan atento a cualquier cambio en la temperatura corporal y la regularidad orgánica, que al hombre razonable que también era le resultaba imposible tomarse en serio mis reveladores síntomas. Pese a las sombrías premoniciones de extinción o parálisis o sufrimiento insoportable que acompañaban a cada nuevo dolor o acceso de fiebre, a los treinta y ocho años era un hombre vigoroso y de buen apetito, de metro ochenta, con buena postura y un físico esbelto, casi todo el pelo y la totalidad de los dientes, y sin haber padecido ninguna enfermedad grave. Aunque podría precipitarme a identificar la comezón en la ingle con algún trastorno neurológico como el herpes -o algo peor-, al mismo tiempo comprendía que indudablemente, como siempre, no era nada.
Philip Roth, El Pecho

Comenzó de una forma extraña... de vez en cuando un picor leve en la entrepierna.  En los siete días en que empezó, entraba cada dos o tres horas en el cuarto de baño que estaba al lado de mi oficina en la sede de la Universidad de Humanidades, con el objetivo de desnudarme de cintura para abajo. No obstante al reconocerme, aunque lo hiciera con detalle y parsimonia, no observaba ninguna cosa rara. Poco convencido, intenté ignorar el escozor. Toda la vida había sido tan irremediablemente aprensivo, me había fijado en la más mínima variación de los grados de mi cuerpo y en la precisión del funcionamiento de mis órganos, que como ser racional que además era, no podía sino tomarme a broma las elocuentes señales. A pesar de los oscuros presagios de cese o parestesia o tortura inaguantable, que se daban paralelos a  cada mal inédito o subida de temperatura, a  casi la edad de cuarenta, era un individuo fuerte, con ganas de comer, alto, delgado y apuesto, con cabello abundante y la dentadura bien conservada, y sin haber sufrido afección alguna de importancia. Aunque, agobiado, podría haber asociado el picor en  la entrepierna con alguna alteración nerviosa cutánea – o alguna cosa más terrible -, también me daba cuenta de que sin duda, como era habitual, tenía poca importancia.