Bienvenidas.

Espero os guste y pronto llenéis este espacio con vuestras creaciones. Petonets.

domingo, 22 de mayo de 2011

Ej.67: Contestar algunas de las preguntas (al final del texto).

El domingo, cuando me visitó mi padre, se lo conté todo, aunque estaba seguro de que Claire y Klinger se lo habrían comunicado por teléfono el día que sucedió. Balbucí como un niño que ha ganado un trofeo. Le dije la verdad: ya no creía que era un pecho. Si bien aún no había podido despojarme de la sensación física de irrealidad, a diario me libraba de la ridicula ilusión psíquica; cada día, a cada hora, notaba que volvía lentamente a ser yo mismo, y que incluso podía entrever el momento en que volvería a dar clases sobre Gogol y Kafka en vez de experimentar indirectamente las transformaciones antinaturales que imaginaron en sus famosas obras. Como mi padre no sabe nada de libros, le conté cómo, en el relato de Kafka, Gregorio Samsa se despierta y descubre que se ha convertido en un enorme escarabajo; le resumí La nariz, diciéndole que una mañana el personaje de Gogol se despierta sin nariz, sale a buscarla por San Petersburgo, pone un anuncio en el periódico solicitando que se la devuelvan, la ve «caminando» por la calle, un ridículo encuentro tras otro, hasta que al final la nariz aparece de nuevo en su cara, sin que el retorno tenga motivo alguno, como tampoco lo había tenido la desaparición. (Imaginé a mi padre pensando: «¿Enseña estas cosas en la universidad?».) Le expliqué que seguía sin poder recordar el golpe causante del estado en que me hallaba, que me había vuelto sordo, no oía nada cuando el médico intentaba que me enfrentara a la situación. Pero al margen de cuál hubiera sido el trauma, por terrible, horroroso y repelente que fuese, yo sabía que mi ruta de huida era la fantasía de la transformación física que tenía a mano, los relatos catastróficos de Kafka y Gogol y sobre los que solo una semana antes había dado clase a mis alumnos. Ahora, con la ayuda del doctor Klinger, trataba de averiguar por qué, entre todas las posibilidades, había elegido un pecho femenino. ¿Por qué razón una voluminosa y estúpida bolsa de tejido mudo y deseable, objeto de acciones en vez de actor, desprotegido, pendiente, ahí, como un pecho se limita a pender y estar ahí? ¿Por qué aquella primitiva identificación con el objeto infantil de veneración? ¿Qué apetitos no satisfechos, qué confusiones de la cuna, qué fragmentos de mi remoto pasado podrían haber chocado para provocar un delirio de semejante simplicidad clásica? Seguí parloteando de este modo ante mi padre, y entonces, una vez más, jubilosamente, sollocé. No vertí lágrimas, me limité a sollozar. ¿Dónde estaban mis lágrimas? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que volviera a notarlas? ¿Cuándo volvería a notar los dientes, la lengua, los dedos de los pies?

No hay comentarios:

Publicar un comentario