Bienvenidas.

Espero os guste y pronto llenéis este espacio con vuestras creaciones. Petonets.

lunes, 23 de mayo de 2011

Ejercicio en clase - 18-05-2011

Texto base de Cristina Ghiorghiu Lorente, 1968, Cuenca, España (Reside en Tarragona, España):  Mudanzas en la testera, publicado en la revista digital Palabras diversas:
http://www.palabrasdiversas.com/Cuando se mueven los muebles de mi cabeza, chirrían. He transformado el comedor, y he amontonado la librería vieja en un rincón, no la he tirado, y eso me produce un tremendo dolor y desasosiego. No me cabe y no soy capaz de abandonarla ¿Cómo deshacerme de algo que lleva tantos años conmigo? ¿Cómo echar aquel novio que tengo archivado en el primer estante? ¿Y mis años de facultad? Que están en el segundo. Y a mi marido, que ocupa más de la mitad de la biblioteca. No sé, y si... no la tiro y la vuelvo a cambiar de sitio. ¡Puff! cada vez me duele más la sesera. He de demoler el mueble entero, sino no me caben los nuevos.

Acabo de adquirir una moderna estantería. Está reluciente, vacía, todavía por llenar. Si la contamino con cosas usadas, será vieja y fea antes de tiempo, y dejará de gustarme. No tengo liquidez, ya paso de los cuarenta, no puedo ir renovando mis bártulos cada temporada, me arruinaría, mi cerebro no lo aguantaría ¿podría guardarlos en el estómago? Quizá así los digiero definitivamente, los fagocito, eso ¡o de la úlcera me muero! Nada, decidido, tiro el aparador, lo tiro todo. No quiero tener ardor de estómago.

-¡Alicia, Alicia! ¿Te gusta?
-¿El qué?
-¿El salón?
-¡Ah! Sí, sí, me encanta, es muy luminoso.
-Pero si no lo has visto, ¿qué haces en el baño?
-Mirarme al espejo.
-¿Dónde estás?
-Aquí.
-No, aquí no. No sé dónde estás, pero no es aquí.

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-Por cierto podemos aprovechar la librería.
-¡Ni hablar! Quiero estrenar otra.
-No hay quien te entienda Alicia. Ayer querías apurarlo todo, y hoy nada de nada.
-Es que me he comprado una sala entera.
-¿Cómo dices? ¿Qué has hecho qué? ¿Cuándo?
-Empecé hace meses, primero adquirí una parte, pero no sabía si la utilizaría o no. Luego compré otra, y ahora tengo el equipo completo.
-No te comprendo.
-En el nuevo comedor no cabes. Le he dado vueltas y más vueltas, y no cabes, cariño. Deberás buscarte otro, el antiguo es mejor quemarlo ¡créeme! Dejarlo atrás.
No pongas esa cara de asombro, cielo. Las vacaciones pasadas ¿Recuerdas? No paramos de discutir, entonces obtuve la mesa, luego a los pocos meses casi te vas de casa, así que conseguí el sofá, y hace pocos días, la librería.
Ahora quiero disfrutarlo. Deberás irte a vivir a la cabeza de la rubia que te ligaste hace unos años, esa con la que sueles pasar la noche de los viernes... ¿O ella no tiene muebles?

<< Ha sonado trascendente... intrascendente... trascendente... intrascendente...>>


-Alicia, despierta. Tus nietos han venido a verte ¿Cómo te encuentras esta mañana? ¿mejor? Últimamente estás obsesionada con el mobiliario ¿Por qué has vuelto a mover la cama? ¿Qué hace la silla en medio de la habitación?

LUIS GARCÍA MONTERO - Poesías

Bajo la luz quemada...

Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse.

Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
                                        -Nos están esperando.

Nada sé contestarte,
sólo que soy consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
                                         -Nos están esperando.

Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.



domingo, 22 de mayo de 2011

Ej.68: Creación. Al despertaros, os habéis convertido en… y ¿qué pasa?

Ej.67: Contestar algunas de las preguntas (al final del texto).

El domingo, cuando me visitó mi padre, se lo conté todo, aunque estaba seguro de que Claire y Klinger se lo habrían comunicado por teléfono el día que sucedió. Balbucí como un niño que ha ganado un trofeo. Le dije la verdad: ya no creía que era un pecho. Si bien aún no había podido despojarme de la sensación física de irrealidad, a diario me libraba de la ridicula ilusión psíquica; cada día, a cada hora, notaba que volvía lentamente a ser yo mismo, y que incluso podía entrever el momento en que volvería a dar clases sobre Gogol y Kafka en vez de experimentar indirectamente las transformaciones antinaturales que imaginaron en sus famosas obras. Como mi padre no sabe nada de libros, le conté cómo, en el relato de Kafka, Gregorio Samsa se despierta y descubre que se ha convertido en un enorme escarabajo; le resumí La nariz, diciéndole que una mañana el personaje de Gogol se despierta sin nariz, sale a buscarla por San Petersburgo, pone un anuncio en el periódico solicitando que se la devuelvan, la ve «caminando» por la calle, un ridículo encuentro tras otro, hasta que al final la nariz aparece de nuevo en su cara, sin que el retorno tenga motivo alguno, como tampoco lo había tenido la desaparición. (Imaginé a mi padre pensando: «¿Enseña estas cosas en la universidad?».) Le expliqué que seguía sin poder recordar el golpe causante del estado en que me hallaba, que me había vuelto sordo, no oía nada cuando el médico intentaba que me enfrentara a la situación. Pero al margen de cuál hubiera sido el trauma, por terrible, horroroso y repelente que fuese, yo sabía que mi ruta de huida era la fantasía de la transformación física que tenía a mano, los relatos catastróficos de Kafka y Gogol y sobre los que solo una semana antes había dado clase a mis alumnos. Ahora, con la ayuda del doctor Klinger, trataba de averiguar por qué, entre todas las posibilidades, había elegido un pecho femenino. ¿Por qué razón una voluminosa y estúpida bolsa de tejido mudo y deseable, objeto de acciones en vez de actor, desprotegido, pendiente, ahí, como un pecho se limita a pender y estar ahí? ¿Por qué aquella primitiva identificación con el objeto infantil de veneración? ¿Qué apetitos no satisfechos, qué confusiones de la cuna, qué fragmentos de mi remoto pasado podrían haber chocado para provocar un delirio de semejante simplicidad clásica? Seguí parloteando de este modo ante mi padre, y entonces, una vez más, jubilosamente, sollocé. No vertí lágrimas, me limité a sollozar. ¿Dónde estaban mis lágrimas? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que volviera a notarlas? ¿Cuándo volvería a notar los dientes, la lengua, los dedos de los pies?

Ej.66: Seguir el diálogo.

Lo que sucedió a continuación fue que me negué a creer que me había convertido en un pecho. Tras haber conseguido renunciar (más o menos) a mis sueños de acoplamiento por medio del pezón con Claire, con la señorita Clark, con cualquier mujer que estuviese dispuesta, me di cuenta de que aquello era imposible. Un hombre solo puede convertirse en pecho en su propia imaginación.

 Había tardado seis meses en comprenderlo.
- Mire, esto no puede ocurrir… ¡de ninguna manera!
- ¿Por qué no? -replicó el doctor Klinger.

Ej.65: Seguir texto. Ya convertido en pecho, el personaje se pregunta cómo podría seguir su tarea docente. Dejo la respuesta entre vuestras manos…

En algún momento entre la primera y la segunda de las dos grandes «crisis» a las que he sobrevivido hasta ahora en el hospital (si de un hospital se trata), recibí la visita de Arthur Schonbrunn, decano del departamento de Artes y Ciencias en Stony Brook, a quien conozco desde mi estancia en Palo Alto, cuando él era el joven y célebre profesor de Stanford y yo estudiaba allí para obtener el doctorado en filosofía y letras. Hace ocho años, Arthur, como presidente del recién creado departamento de literatura comparada, me llevó desde Stanford a Stony Brook. Ahora tiene cerca de cincuenta años y es un caballero irónico y encantador, un hombre que, pese a que se dedica a la docencia, tiene una elegancia, tanto de maneras como de indumentaria, que resulta excepcional y casi alarmante. La competencia social de Arthur y el hecho de que nos conocemos desde hace tanto tiempo fue lo que me decidió (así como al doctor Klinger) a elegirlo como la persona idónea para realizar mi presentación en sociedad tras la victoria sobre los anhelos fálicos de mi pezón. También deseaba que Arthur viniera para poder hablarle -si no durante la primera visita, entonces en la siguiente- sobre el modo de enfocar mi continuidad como profesor universitario.

Ej.64: Continuar el diálogo.

No fue a Claire a quien le hice entonces mi «grotesca» propuesta, sino a mi enfermera.



- ¿Sabe lo que me gustaría hacer cuando me lava así? -le pregunté-. ¿Puedo decirle en qué estoy pensando ahora mismo?

- ¿En qué, profesor Kepesh?

- Me gustaría tirármela con mi pezón.

- No le oigo, profesor.

- ¡Me excito tanto que quiero tirármela! ¡Quiero que se siente sobre mi pezón… que

Ej.63: Parodia: “Soy un pene”.

Soy un pecho. Un fenómeno que me han descrito de diversas maneras, como «un influjo hormonal masivo», «una catástrofe endocrinopática» o «una explosión hermafrodítica de cromosomas», tuvo lugar en mi organismo entre la medianoche y las cuatro de la madrugada del 18 de febrero de 1971 y me convirtió en una glándula mamaria sin ninguna relación con ninguna forma humana, como solo podría aparecer, habría pensado uno, en un sueño o una pintura de Dalí. Me dicen que ahora soy un organismo con la forma general de un balón de fútbol norteamericano o de un dirigible; dicen que tengo una consistencia esponjosa, peso setenta y tres kilos (antes pesaba setenta y cinco) y que sigo midiendo metro ochenta de altura. Aunque conservo, si bien dañado y de forma «irregular», gran parte de los sistemas cardiovascular y nervioso, un sistema excretor calificado como «reducido y primitivo» y un sistema respiratorio que termina justo por encima del diafragma en algo que recuerda un ombligo con un opérculo, la arquitectura básica en la que estas características humanas están desordenadas y enterradas es la de un pecho de mamífero hembra.

Ej.62: Sinonimia

Empezó de una manera rara… una comezón suave y esporádica en la ingle. Durante aquella primera semana, iba varias veces al día al lavabo contiguo a mi despacho en el edificio de la facultad de letras para bajarme los pantalones, pero al examinarme, y por minuciosa que fuese la búsqueda, no veía nada fuera de lo corriente. Aunque sin entusiasmo, decidí hacer caso omiso del picor. Siempre he sido un hipocondríaco tan impenitente, he estado tan atento a cualquier cambio en la temperatura corporal y la regularidad orgánica, que al hombre razonable que también era le resultaba imposible tomarse en serio mis reveladores síntomas. Pese a las sombrías premoniciones de extinción o parálisis o sufrimiento insoportable que acompañaban a cada nuevo dolor o acceso de fiebre, a los treinta y ocho años era un hombre vigoroso y de buen apetito, de metro ochenta, con buena postura y un físico esbelto, casi todo el pelo y la totalidad de los dientes, y sin haber padecido ninguna enfermedad grave. Aunque podría precipitarme a identificar la comezón en la ingle con algún trastorno neurológico como el herpes -o algo peor-, al mismo tiempo comprendía que indudablemente, como siempre, no era nada.
Philip Roth, El Pecho.

jueves, 19 de mayo de 2011

ODA AL PUTO GATO

Desconfiado, de mirada torva,
¡Ay micifuz!, nunca me has gustado
Aunque tus ojos refuljan de noche
Y ronronees, restregando el rabo

Philip Roth es el emperador desnudo'

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/05/19/cultura/1305795034.html


"Philip Roth es el emperador desnudo". Lo dice Carmen Callil, miembro discrepante del jurado que ha concedido al novelista estadounidense el Premio Man Booker al conjunto de su carrera. Ahora que están de moda los votos discrepantes, Calllil se ha ido del jurado de un portazo (de hecho, ha dimitido), diciendo que no le gusta nada Roth, ni sus novelas, ni su premio.
"Roth sigue y sigue dándole vueltas a los mismos temas en cada libro hasta que uno siente que se sienta en tu cara y no te deja respirar", dice Callil. Y eso es malo, se entiende. "Roth apela a lo más profundo de los otros jurados. A lo más profundo de mí, no, desde luego... ¿Le leerá alguien dentro de 20 años?".
Callil, según el diario inglés 'The Guardian', es la fundadora de una editorial feminista Virago y la autora de 'Bad faith', un libro sobre la historia de la Francia de Vichy. "He sido jurado muchas veces. El asunto suele funcionar así: 'Yo creo que X es un genio; tú crees que no lo es, así que premiemos a Y'. Esta vez, no ha ocurrido así".
"La candidatura de Philip Roth apareció como un bombardero; nos tomamos un par de días para madurar la decisión, pero no hubo manera", explica Callil en 'The Guardian'. "Así que les dije a los organizadores que no quería que mi nombre apareciera en el jurado, ya que el premio o tenía nada que ver conmigo".

SEDA

S. E. D. A.           Ejercicio en clase               Andrea         Febrero 2010

D bostezó. Había dormido toda la noche de un tirón. De puro cansancio, después de un trabajo intenso y laborioso. Satisfecho. Todo a punto: el sol, los astros, los campos, los animales...  Pero tenía una cierta sensación de vacío. Sí, perfecto y autosuficiente, pero solo. Y aburrido.

Y pensó, “voy a crear un ser parecido a mí,  un poco menos dotado, no vaya a ser que...”  Y D se hizo una lista con las cualidades que debería poseer su creación.
-          Sabiduría, Inteligencia, Magnificencia, Potencia, Libertad, Independencia, Coraje,  Imposición, Dignidad, Autoridad, Decisión.

Y luego dudó. Aunque es omnisciente y omnipotente, D también duda, “habría que fabricarlo con algún defectillo, pero sin que él lo sepa, que se desinflará” Y así D hizo otra lista:
-          Impulsividad, Narcisismo, Megalomanía, Alopecia, Desidia, Uncontinencia, Rusticidad, Estulticia, Zafiedad.

Y finalmente creó a A. Y le añadió otro defectillo en forma de colgajo entre las piernas. No se sabía muy bien para qué servía y, además era bastante antiestético.

D y A se hicieron buenos amigos. D le dejaba ganar alguna vez las partidas de ajedrez y las de tres en raya. A se sentía honrado con la amistad condescendiente de D, pero le faltaba algo. D le veía jugar con su colgajo a todas horas. Y pensó: “no puede jugar solo todo el día, necesita compañía, un ser parecido sólo que más bello y delicado”

Y así, para satisfacer las necesidades de A, D creó a E. A colmaba de atenciones a E que parecía pequeña y frágil. E flotaba entre algodones, feliz y tranquila... durante un tiempo.  A quería jugar a todas las horas, se enfadaba cuando E no quería  y no le gustaba que E paseara sola.

Un día E salió a explorar por su cuenta más allá dela cueva y del jardín y conoció a S. elegante, versátil, imprevisible... En compañía de S descubrió  un mundo nuevo,  salió de los confines protegidos y exploró latitudes desconocidas.  Y hasta se atrevió a probar manjares que antes le estaban prohibidos por D, al que A nunca se había atrevido a contradecir.

Cuando E quiso  que A y S se conocieran, A balbuceó toda clase de disculpas. Pero al final cedió.  Juntos A, E y S se acercaron al huerto de las frutas prohibidas. Y se dieron el gran banquete.  Y D nunca se enteró. E se había encargado de distraerlo provocando una inundación río arriba, en la otra ladera de la montaña, que a D le costó mucho controlar. A pesar de ser omnipotente, E había llegado a un acuerdo con los castores, para que rompieran el dique y tuvieran ocupado a D.

A nunca  reconoció a E  su capacidad estratégica. Y D nunca llegó a sospechar semejante nivel de astucia y habilidad en E. Y así, por los siglos de los siglos.

EJERCICIO EN CLASE A CUATRO MANOS

Texto base: Mudanzas en la testera




Ejercicio 1

Andrea Lajaunie

Todo al revés. La vieja librería me comprime el lóbulo occipital hasta dejarlo inservible. El primer estante, el de los recuerdos de mi primer polvo y de los años locos de la universidad, está invadido por la carcoma. El segundo, todo ocupado por Jaime, me sale por el lóbulo frontal rompiéndome la frente.
Tengo que dejar sitio a la nueva librería de Ikea, de bambú.

Portu

Primero desembalaré el paquete y después llamaré a Juan para que me la monte. Juan es un manitas, o por lo menos eso dicen sus amigas-amantes.
Sacaré a Jaime de su estante, lo guardaré en una caja, y ¡ala!, al armario del trastero. Los polvos universitarios serán debidamente guardados en mi polvera y, ésta al baño. ¡Llamadme aventurera!, pero no conozco mejores sales de baño.

Magda

Pues no. Juan ha demostrado ser un paquete en eso de montar muebles. Me ha dejado todo hecho unos zorros y ya no sé si mi primera noche fue con José o con Valentín, si fue la bruja de Silvia la que me quitó el novio o la histérica de Dolors...
Y lo que me da más rabia, lo que me jode de verdad, es que creo que la semana pasada me enamoré y no recuerdo el cajón en que he guardado su nombre y su cara.

Conchi

Pero ya aparecerá... Lo malo es que cuando haga la limpieza prevista desde hace meses, me deshaga de lo que no es conveniente deshacerme; pues cuando busco algo encuentro lo que no quiero y lo que encuentro no es lo que buscaba. Aunque hay polvos, como los de la retaguardia de los muebles, que me producen tal irritación de los alvéolos nasales que hasta las gotas de los estornudos se introduce, ellas solitas, en las desordenadas cajas y ¡ala!, más para limpiar. Y a la hora de vaciarlas, veo mezcladas las partículas de polvo con la saliva que fue mía y no sé cómo separarlos... Lo mejor será tirar los cajones directamente... y en sus huecos meter lo que quepa.



Ejercicio 2

Portu

Nadie diría que estoy de mudanzas.
¡Me cuesta tanto cambiar a mi primer novio de sitio! ¡Aún más, separarme de Carlos, mi primer marido! Alberto sigue colgado en la pared y Pepe, estrangulado en la ventana. Guardo la barba de Pedro en la tetera, el juanete de Enrique en la sopera y, debajo de mi cama, el sobaquillo de Juan, para que ambiente la estancia los jueves, el día en que recibo a mis tres suegras.
Pero hoy me he levantado decidida y predispuesta a los cambios.