La fiesta estaba en su esplendor y el baile se había ido propagando
, desde esa matriz que era la chimenea donde habían instalado a la orquesta, a los cuartos vecinos, en los que también había parejas que bailaban, cantando a voz en cuello los chachachás y los merengues, las cumbias y los valses. La onda de alegría, alimentada por la música, el sol y los alcoholes había ido subiendo de los jóvenes a los adultos y de los adultos a los viejos, y el doctor Quinteros vio, con sorpresa, que incluso don Marcelino Huapaya, un octogenario emparentado a la familia, meneaba esforzadamente su crujiente humanidad, siguiendo los compases de "Nube gris", con su cuñada Margarita en brazos. La atmósfera de humo, ruido, movimiento, luz y felicidad produjo un ligero vértigo al doctor Quinteros; se apoyó en la baranda y cerró un instante los ojos. Luego, risueño, feliz él también, estuvo observando a Elianita, que, todavía vestida de novia pero ya sin velo, presidía la fiesta. No descansaba un segundo; al término de cada pieza, veinte varones la rodeaban, solicitando su favor, y ella, con las mejillas arreboladas y los ojos lucientes, elegía a uno diferente cada vez y retornaba al torbellino. Su hermano Roberto se materializó a su lado. En vez del chaqué, tenía un liviano terno marrón y estaba sudoroso pues acababa de bailar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario