Dicen los hombres de mar –fieles marineros-
que su color cambia, varía, se diluye, se evapora…
Dicen que el día, a su paso,
lo matiza, lo enaltece, lo destiñe, lo embrutece…
Y cuando éste acaba, el mar, sin quejarse,
oscurece.
Es en la noche cuando otros hombres –sabios pescadores-
dicen que el cielo enciende la luz.
Hablan de intermitencias en forma de estrellas,
de brillos fugaces como pies de sirenas.
Las barcazas que salen se alumbran con ellas,
y los hombres sabios apagan sus velas.
También dice el farero –paciente vigía-
que en la noche no hay penumbra,
porque con el haz de su faro
la luna se alumbra.
Y todos contemplan cómo el sol, cuando despierta,
abraza al mar con rayos de plata;
las aguas se tiñen de verdes y malvas;
el cielo clarea y la arena chispea;
las olas envuelven al día con su paño blanco de lino,
y la noche vuelve a despertar en su oscuro sueño, cansino.
El día y la noche…
La noche y el día…
Se persiguen, se alcanzan, se despiden, se abrazan.
Y el mar, expectante,
los mira, los acoge, los ilumina y los apaga.
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