Cuenta una leyenda que si invocas tres veces frente al espejo: “Bloody Mari, Bloody Mari, Bloody Mari” éste te destruye.
Mejor dicho, ella, la sangrienta, la efímera, etérea, vengativa Mari, que desde el otro lado del espejo espera impaciente a que la llames para lanzarse a todo aquél que la reclame y destruirlo con sus tres mil dientes de cristal. Aunque esto es difícil que te ocurra a ti. Ya sabes, por lo de los espejos... ¿Cuánto hace que los tiraste de tu casa y que cambiaste los cristales de las puertas por rojizo y opaco cerezo?
Tu tía decía que los espejos atrapaban el espíritu de los muertos, que acechaban sigilosos para llevarte hacia su lado, esa parte oscura y siniestra que aloja lo que tenemos oculto entre el pecho y las entrañas…
Fuera, los lanzaste todos al abismo de la luz, que los cegó para siempre.
Cada espacio ocupado antes por ellos lo llenaste con las fotos de Martina, Laura, Amalia y Verónica, y no hay día ni hora en que tus ojos no se crucen con los de ellas, que te miran recelosas desde sus cuerpos blanco y negro sobre fondo sepia. Ellas te miran, tú las miras… ¿pero estás segura de que cuando te miraban era a ti?
¡Pobre infeliz!, si nunca te dejaron ni apenas rozar su pelota, ni te hicieron un sitio en su pupitre, ni comiste siquiera una migaja de sus pasteles de cumpleaños…
“¡No se le dan perlas a los cerdos!” Y en boca de Amalia la frase era aún más cruel para ti. ¡Cómo la adorabas cuando cantaba en el coro! ¡Y qué hermosa era Verónica! ¡Qué cabellos, qué boca, qué sonrisa! ¿Y Martina? Ese cuerpo esbelto, esas piernas largas y morenas… Laura era tan alegre, tan ágil, tan…deliciosamente delgada. ¿Y qué eras tú para ellas? Una sombra incómoda, un mosquito en una noche de verano… ¿cómo podías esperar de ellas ni una sola mirada?
Te obstinabas en seguirlas. Las observabas a distancia con el sigilo del cazador a la presa, con la intensidad y devoción del loco en su delirio, y en cada fotografía que les tomabas a escondidas te ibas apropiando un poco más de sus almas.
¿Dónde resuenan ahora sus risas de niñas absurdas y crédulas? ¿Dónde fluye aquél aroma de lavanda que te embriagaba?
¡Y deja ya de comer y cortar zanahorias o lo que vas a rebanar es tu dedo!
No sé porqué te enfadabas cuando mamá te llamaba “mi conejito glotón”… si eso es lo que eres, una glotona. Glotona de comida. Glotona de amor. Glotona de caricias. Glotona de sueños imposibles, porque lo único que tienes a tu abasto es la comida asquerosa que zampas sin sentido. Nadie te da caricias, nadie te ofrece amor… nadie.
¿Lloras? Porque quieres. Acaba con tus verdugos.
Este cuchillo que corta tan bien las zanahorias… clávaselo a Martina en el ojo, y a Verónica en los pechos, y a Laura en la cintura, y a Amalia… a Amalia directamente en el corazón. Así, despacio pero certera. Al fin y al cabo esas fotos son sólo imágenes, no sentirán nada… Destrípalas con el cuchillo y luego quémalas…
Llueve.
Llueve y parece que no va a parar jamás. Fuera te espera el río.
¿Recuerdas? Las dejaste ahí, a las cuatro, juntas, siempre juntas.
Quizá te estén esperando y ahora sí que te dejen jugar. Quizá su desprecio se durmió con ellas en lo profundo del río. Quizá…
Ve a reunirte con ellas.
Empápate de río, emborráchate antes con lo que escupen las nubes y así, mojada, no notarás sus aguas gélidas y revueltas.
Entra lentamente.
¿Las oyes? Cantan. Te están cantando a ti. Como antes. Es la misma canción que cantaban cada día y que nunca fuiste capaz de hacerles callar: “La gorda zampona no sabe bailar, no sabe cantar, pero sabe tragarse de un bocado todo el pan. La gorda zampona…… na, na, na, na, na………..”
La cantan jugando. És una broma, lo que quieren es que vayas a jugar con ellas.
Ahora ya no te desprecian porque desde la pared donde te miran cada día te han ido conociendo poco a poco y, quizás, quién sabe, queriéndote un poquito.
Ve ya, sigue bajando. Ya casi llegas al fondo.
Seguro que están las cuatro ahí, esperándote. Arrepentidas.
¡Te ven tan hermosa!
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