La entrada de todos los ocupantes fue rutinaria: la mediocridad se presentaba un lunes más…
algunos “buenos días” sin respuesta, carraspeos rompedores y miradas de soslayo. Fue con una de éstas como me percaté de que, ella, estaba allí: en una de las esquinas del habitáculo. Su presencia anuló al resto del grupo. De pronto sólo éramos dos y su esquina cobró vida. Era guapa, sí. Lo pude comprobar a pesar de que, en un ascensor, las miradas de frente resultan perturbadoras.
Empecé a temer el sonido del timbre; éste anunciaría un nuevo número y, si alguno de los dos cruzáramos la puerta hacia la lejanía, aquel instante se tornaría sublime, volátil, nulo para siempre.
Entre el vaivén del movimiento y los pasos de los que, a regañadientes, alcanzaban su destino, mi imaginación era la única salida hacia un espacio abierto en nuestras vidas: El azar nos retendría y, cuanto menos necesaria fuera la materialidad, más felices nos sentiríamos, porque toda aquella ausencia era una liberación, una ganancia de tiempo para nuestro tiempo. Un mínimo contacto con el exterior nos ayudaría a sobrevivir a las necesidades básicas; el resto, aire viciado de tanto amor y una única luz necesaria: la que reproducía cada instante de una vida sin cadenas, cada gesto. Y en el ambiente, el eco de cada sonido, de cada llanto de bebé y de alguna que otra voz del exterior.
Pero la mecánica, en su perfección, evitó cualquier fallo de funcionamiento. Esta vez, la realidad se quedó encallada en la planta de la mediocridad de mi insulsa vida. Salimos juntos, sí, hacia el mundo que, un instante antes, tanto había rechazado, despreciado…Y nuestros pasos siguieron rumbos tan distintos como distantes.
Al girarme, las puertas se cerraron una vez más, automática, matemáticamente, reteniendo tras ellas al que fuera el único testigo de mi secreto: El espejo del ascensor. Él guardaría para siempre la imagen del hogar que construí sin herramientas, de las caricias que no fueron más que deseo, del habitáculo que pudo haber sido nuestro universo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario